lunes, 17 de septiembre de 2012

Otro tema. De chica quería ser puta.

No se apure. No esta usted ante un texto autobiográfico ni es una confesión estridente, el título es sólo un recurso provocador para salir de la monotemática cacerolence argentina que me llevó a escribir en los días pasados. Además, es una entrada larga. Le aviso, no es una amenaza, por si usted tiene cosas importantes que hacer como ir al supermercado, escuchar uno de esos temas de Genesis o de Yes interminables, ver algún partido de fútbol de la liga holandesa, mirar la novela, pintar el techo de la cocina, no hacer nada o hacer cucharita en la cama con su mujer/esposo, novio/novia o amante, pues ya sabe, tal vez le rinda mejor cualquiera de estas opciones que leer este texto sobre un libro de una autora mexicana. Bueno, también si quiere ir al grano y no perderse en mis ramas, baje al párrafo que arranca con "No es un método infalible, ni lo recomiendo..." y listo el pollo, pelada la gallina.

Bien, los libros me resultan un pasadizo que hasta puede ser secreto entre este ahora y un tiempo no preciso, difuso y mutante. Un no lugar si se quiere. O también se me antoja verlo con la forma de un impermeable invisible mientras hay una tormenta inclemente cayendo en la calle y uno va caminando sin mojarse mientras lee un texto atrapante. Una voz interna que la articula otro con sus palabras en ese silencio íntimo y que en ese instante inmedible de tiempo pasa a ser la voz de uno. Una apropiación silenciosa. Vasos comunicantes. ¿Magia? No tengo dudas de ello. Aclaración importante: no me importa si la lectura es en las nuevas tabletas digitales o en papel. Llevar toda la biblioteca que me gustaría leer en cualquier momento y lugar para buscar alguna referencia, es posible gracias a estos nuevas babeles interminables y al mismo tiempo tener algunos libros u obras en español no siempre es posible en las tabletas, por lo tanto el papel es el mejor aliado. En síntesis, me gusta pegarle con las dos (No se confunda, pegarle con las dos en el sentido futbolístico. Que gente mal pensada). Ponga usted, cretino silencioso, en la izquierda o la derecha a cada soporte, lo importante es que no sea un límite ni autoimpuesto o impuesto por otros o por algunas superticiones extrañas.

Volvamos a la lectura. Y cada uno tiene su propio templo. Algunos las iglesias, otros los estadios deportivos, mi amiga Clotilde el barrio chino en Belgrano; esos pibes de allá, los bares; los tipos de aquí atrás, los gimnasios; unos amigos míos, las discotecas; los vecinos del quinto a las redes sociales y así cada cual selecciona el que más le guste. El mío, sin duda, son las librerías (de usados o nuevos, no le tengo celos a ninguna de las dos) y la tienda digital iTunes donde buceo cada tanto para encontrar algunas cosillas. Otro templo personal son los mercados o ferias populares o municipales y que dejaré para hablar en otra entrada si es que pinta la ocasión. También las, no se como llamarlas ahora, pero en otro tiempo eran disquerías de esas que hoy tienen material extraño o inconseguible en las tiendas digitales. Cada uno, incluso en su ateísmo o agnostismo, tiene su religiosidad. Ok, otra vez me fui por las ramas, tenga paciencia.

Y en esas incursiones a las librerías mi billtera casi nunca sale indemne y algo se me pega. En las épocas de estudiante secundario todo era más barato: el robo era una forma de acceder a algunos libros o incluso el canje. Bien, hace unos días atrás, en México DF, me tope con uno de esos templos sagrados llamados Ghandi. Venía distraído y cuando lo ví entré sin más preámbulo y poniendo la misma cara de éxtasis que pone Buzz Lyghtear en Toy Story 1 cuando ve Pizza Planeta y la confunde con una rampa de lanzamiento de cohetes, claro que yo no estaba tan confuniddo ¿o sí, wey? Bueno, vaya uno a saber. Y además de la religiosidad que uno se inventa en estos templos, al menos este feligrés de los escribas sigue los siguientes pasos iniciáticos, y en algún punto dogmáticos para que un libro sea comprado. Creo que en alguna entrada vieja ya lo he comentado. Deacartados de este exámen los clásicos, los escritores o los temas que a uno le gustan y que de alguna manera ya conoce de ante mano. Hecha esta primera selección, sigo estos pasos excluyentes para comprar un libro. Si, ya no robo los libros. Bueno, a veces:

1. no saber nada del autor
2. no haber leído reseña o crítica del libro o del autor/a en medios tradicionales o no tradicionales
3. que el título del lbro me atraiga y aunque, no soy muy estricto con este último cuatro paso: que el primer párrafo me provoque algo, risa, ira, perplejidad, duda o curiosidad.

Hay un primer paso, que cuando se da, tiene un peso específico mayor y que reconfigura a los otros: que un amigo o amiga me lo recomiende sin abundar en detalles. Con que sólo me diga, esta bueno, creo que te puede gustar, ya califica para que pase después por los otros puntos del examen.

No es un método infalible, ni lo recomiendo. Creo que tal vez me pierda muchas lecturas enriquecedoras y en otras he comprado algo olvidable, pero son muy pocas las ocasiones en que me ha pasado. Bien, dentro ya de la nave mayor y repasando las estánterías y viendo por ver una tapa bonita por allá; ese ya lo compré; uf, leer libros de diseño me aburre o estoy hasta la madre de leer de economía y sin encontrar el letrerito que indique que aquí está la nueva literatura, en este caso, mexicana, consulte: ¿Dónde están las nuevas plumas, esos que son aún desconocidos o que no conozco y que serán tal vez los clásico de mañana? - Ehhh ...bueno, no se si tanto, pero están allí. Mire, en ese estante de arriba a abajo. Gúacala, gracias!!!! Y me tire de bomba a esa pileta/piscina/alberca que irrumpió infinita y desafiante. Tal vez creo que fue un pogo entre los libros y yo. Miré el reloj y eran las seis. Cuando pague ... y nos dieron las nueve de la noche a mis libros y a mi billetera. El examen había sido exigente y arduo por la cantidad de libros y autores que había y que repasé, miré, volví a repasar, toqué abrí, cerré y volví abrir. No se usted, pero yo no dejo de pensar que esos momentos de encuentro con algo misterioso y desonocido que tienen los libros, me remiten a mi infancia. Bien, escondido con tal vez algo de pudor por el título o eso me dio la sensación, me tope con De chica quería ser puta y que hasta ese instante no tenía la más mínima noción de que existía ese libro y desconocía y desconozco todo dato de la autora, Elena Sevilla. El título, de obviedad provocadora, logró su objetivo en forma fulminante, a la bolsa. Eso si, si no fuera por que fue escrito por una mujer creo que se hubiera quedado en el estante durmiendo el sueño de los justos cubriéndose de polvo y hasta que vuelva a ver la luz del olvido en la mesa de saldos y ofertas.

Una vez que empecé a picotearlo por arriba salteando páginas, chusmeando los textos, se me cruzó el libro de la escritora francesa, Valéríe Tasso, Paris la nuit. Esto no es ni bueno ni malo sólo me vino a la mente esa referencia que después de leer los primeros capítulos enteros del libro De chica quería ser puta, confirme que puede que haya alguna lejana, muy lejana, prescencia temática, no estilística, y que por el contrario no estaría para nada mal si ambas cosas acontencen. De chica quería ser puta es un libro que te va envolviendo en su inicio con una presentación de peronsajes y situaciones desparramadas y mezcladas con un relato a modo de diario de confesiones del personaje principal y que en principio no parecen tener un hilo conductor y que en ese dejarse llevar que propone la autora, te va dejando solito en la crudeza de su relato austero de adornos, tal vez la rama femenina de Carver merodée por estos textos, hasta incluso llegar a sacudirte con ese diaparo de escopeta en el medio del pecho que recibe un hijo de dos años de una de las protagonistas. Bien, el libro permite pasar por el caleidosópio de los diferentes estados de ánimo de los personajes femeninos que están siempre en primer plano hablándonos a los ojos, desde el hastío cotidiano, al humor ácido de los diálogos entre supuestas amigas, el estupor que provocan las violaciones y los engaños, el cotilleo barrial y confesional femenino, hasta las ganas de superación personal mezclado con el esquema psicológico del amor/odio entre madre e hija que no sorprende pero agrega y donde siempre los hombres somos los terceros o segundos en discordia que provocamos las desgracias más atroces en las mujeres -también algunas alegrías-, aunque la autora no hace foco en eso todo el tiempo y no cae en un estereotipo prefabricado sino más bien va mostrando el prototipo real al (auto)interrogarse en que es lo que lleva a algunas mujeres a dejarse hacer, en muchos casos, cualquier cosa y sin ahorrar críticas a los medios masivos de comunicación, pintando, de paso y sin sutilezas, un retrato social audaz, crudo y sin miramientos que se va encajando en las pequeñas historias que se suman a la historia que se cuenta. El universo de muchas mujeres anónimas al desnudo y que bien puede ser México o cualquier lugar en el mundo sin perder, en esto, las particularidades telúricas que Elena Sevilla sembró al milímetro por todos los capítulos del libro De chica quería ser puta. En todo caso ciertas universalidades, incrustadas en esos retratos mexicanos, las convierten en algo más descarnado y próximo. Perturbadoras.

Bien, primero de gracias a quién usted quiera de que me canse de escribir y luego si usted llegó hasta aquí permítame agradecérselo y nomrbarlo mi héroe personal pero manténgase a la espectativa, ya sabe que el mundo está conevrtido en una nueva Roma en llamas y no sea cosa que lo encierren por andar leyendo lo que no debe.