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lunes, 15 de junio de 2009

Ataque de humanidad.

Parar la pelota.

A veces es más que necesario. Es un derecho no consagrado pero que igual no se debe dejar de usar y es el de la desconexión. El cerrar todo e irse a ningún lado o alguno en particular da igual. Tal vez hoy desconexión signifiquen muchas cosas. La más importante, para mi, puede ser la de no hacer nada de nada. Absolutamente nada. Mañana regresa la furia diara del trabajo y demás estreses de la vida cotidiana.

Nunca creí en nigún lugar sacrosanto. Menos voy a creer ahora en que todo debe reduciurse a 140 carcateres o menos si es posible. Revolviendo en la red encontré este escrito fantástico de Bertrand Rusell sobre estas cuestiones del ocio y el trabajo y que no es para nada corto. Pensar no es un verbo transitivo. Aquí va un gran texto que además de invitarnos a no hacer nada, nos deja pensando.

ELOGIO DE LA OCIOSIDAD

Bertrand Russell

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu
del refrán «La ociosidad es la madre de todos los vicios».
Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron,

y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar
intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi
conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han ex-
perimentado una revolución. Creo que se ha trabajado de-
masiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo
es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay
que predicar en los países industriales modernos es algo
completamente distinto de lo que siempre se ha predi-
cado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que
vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes
de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más pe-
rezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto
para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel
viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfru-
tan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para
promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero
que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes
de la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una
campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si
es así, no habré vivido en vano.

Antes de presentar mis propios argumentos en favor
de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar.
Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para
vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo dia-
rio, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él
o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca
a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este ar-
gumento fuese válido, bastaría con que todos nos man-
tuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo
que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre
suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al
gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bo-
cas de los demás como les quita al ganar. El verdadero
malvado, desde este punto de vista, es el hombre que aho-
rra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como
el proverbial campesino francés, es obvio que no genera
empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos ob-
via, y se plantean diferentes casos.

Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con
los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del
hecho de que el grueso del gasto público de la mayor par-
te de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deu-
das de guerras pasadas o en la preparación de guerras
futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se
halla en la misma situación que el malvado de Shakes-
peare que alquila asesinos. El resultado estricto de los há-
bitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas
armadas del estado al que presta sus economías. Resulta
evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun
cuando lo gastara en bebida o en juego.

Pero—se me dirá—el caso es absolutamente distinto
cuando los ahorros se invierten en empresas industriales.
Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil,
se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie
negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto sig-
nifica que una gran cantidad de trabajo humano, que hu-
biera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser
disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas
que, una vez construidas, permanecen paradas y no be-
nefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus aho-
rros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás
tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero—digamos—
en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán—cabe es-
perarlo—, al tiempo en que se beneficien todos aquellos
con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el pana-
dero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta—di-
gamos—en tender rieles para tranvías en un lugar donde
los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un con-
siderable volumen de trabajo por caminos en los que no
dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca
por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima
de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre de-
rrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le
despreciará como persona alocada y frívola.

Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con
toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO está
haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el ca-
mino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una re-
ducción organizada de aquél.

Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de tra-
bajo; la primera: modificar la disposición de la materia
en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con
otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo ha-
gan. La primera clase de trabajo es desagradable y está
mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada.
La segunda clase es susceptible de extenderse indefini-
damente: no solamente están los que dan órdenes, sino
también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben
darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres
dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto
se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere
el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de
darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y
escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propa-
ganda.

En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una ter-
cera clase de hambres, más respetada que cualquiera de
las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la
propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que
otros paguen por el privilegio de que les consienta existir
y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por
ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente,
su ociosidad solamente resulta posible gracias a la labo-
riosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad
es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo
último que podrían desear es que otros siguieran su ejem-
plo.

Desde el comienzo de la civilización hasta la revolu-
ción industrial, un hombre podía, por lo general, produ-
cir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible
para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando
su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus
hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad
necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estric-
tamente necesario no se dejaba en manos de los que lo
producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los
sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente;
los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían re-
servándose tanto como en otros tiempos, con el resultado
de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, (2) y todavía per-
dura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución
industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras na-
poleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase
de los industriales ganó poder. En Norteamérica, el sis-
tema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde
sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró
tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como
es natural, una huella profunda en los pensamientos y las
opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos
por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede
de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado
al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible
que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerroga-
t~va de clases privilegiadas poco numerosas, sino un de-
recho equitativamente repartido en toda la comunidad.
La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el
mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.

Es evidente que, en las comunidades primitivas, los
campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entre-
gado el escaso excedente con que subsistían los guerreros
y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o
consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obli-
gaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente,
sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a
aceptar una ética según la cual era su deber trabajar in-
tensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener
a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la com-
pulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de go-
bierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve
por ciento de los asalariados británicos se sentirían real-
mente impresionados si se les dijera que el rey no debe
tener ingresos mayores que los de un trabajador. El con-
cepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio
utilizado por los poseedores del poder para inducir a los
demás a vivir para el interés de sus amos más que para
su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder
ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan
para creer que sus intereses son idénticos a los más gran-
des intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los
atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, emplea-
ban parte de su tiempo libre en hacer una contribución
permanente a la civilización, que hubiera sido imposible
bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esen-
cial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el tra-
bajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos.
Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera
bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica mo-
derna sería posible distribuir justamente el ocio, sin me-
noscabo para la civilización.

La técnica moderna ha hecho posible reducir enor-
memente la cantidad de trabajo requerida para asegurar
lo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evi-
dente durante la guerra. En aquel tiempo, todos los hom-
bres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las
mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos
los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, en
hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno re-
lacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupa-
ciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de
bienestar físico entre los asalariados no especializados de
las naciones aliadas fue más alto que antes y que después.
La significación de este hecho fue encubierta por las fi-
nanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si
el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto,
desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede
comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La
guerra demostró de modo concluyente que la organización
científica de la producción permite mantener las pobla-
ciones modernas en un considerable bienestar con sólo
una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo
entero. Si la organización científica, que se había conce-
bido para liberar hombres que lucharan y fabricaran mu-
niciones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se
hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hu-
biera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo
caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obli-
gados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir
de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el tra-
bajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios
proporcionados a lo que ha producido, sino proporcio-
nados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.

Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en cir-
constancias completamente distintas de aquellas en las
que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido
desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en
un momento determinado, cierto número de personas tra-
baja en la manufactura de alfileres. Trabajando—diga-
mos—ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el
mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual
el mismo número de personas puede hacer dos veces el
número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no
necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son
ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno
más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los
implicados en la fabricación de alfileres pasarían a tra-
bajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás con-
tinuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juz-
garía desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho
horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quie-
bran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados
en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin
trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro
plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente
ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando dema-
siado. De este modo, queda asegurado que el inevitable
tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar
de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imagi-
narse algo más insensato?

La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre
siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra,
a principios del siglo x~x, la jornada normal de trabajo
de un hombre era de quince horas; los niños hacían la
misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabaja-
ban doce horas al día. Cuando los entremetidos apunta-
ron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les di-
jeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a
los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de
que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto,
fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con
gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído
a una anciana duquesa decir: «¿Para qué quieren las fies-
tas los pobres? Deberían trabajar». Hoy, las gentes son me-
nos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de
gran parte de nuestra confusión económica.

Consideremos por un momento francamente, sin su-
perstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, nece-
sariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen
del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que
podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagra-
dable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo
que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio
en lugar de producir artículos de consumo, como en el
caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar
a cambio de su manutención y alojamiento. En esta me-
dida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero sola-
mente en esta medida.

No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades
modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun
esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aque-
llos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por
dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos
permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho
de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso
o que mueran de hambre.

Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al
día, alcanzaría para todos y no habría paro—dando por
supuesta cierta muy moderada cantidad de organización
sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque están
convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto
tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen tra-
bajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; es-
tos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del
tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del
inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio
aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras
desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede
tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y
sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob
admiración por la inutilidad, que en una sociedad aris-
tocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocra-
cia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone
en situación más acorde con el sentido común.

El sabio empleo del tiempo libre—hemos de admi-
tirlo—es un producto de la civilización y de la educación.
Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda
su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin
una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se
ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay
razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir
tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente
vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en can-
tidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia,
así como hay mucho muy diferente de la tradicional en-
señanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cam-
biado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes,
y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda
educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es
casi exactamente la misma que las clases gobernantes de
todo el mundo han predicado siempre a los llamados po-
bres honrados. Laboriosidad, sobriedad, buena voluntad
para trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas,
inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por
añadidura, la autoridad todavía representa la voluntad
del Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibe
ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.

La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos
puntos en común con la victoria de las feministas en al-
gunos otros países. Durante siglos, los hombres han ad-
mitido la superior santidad de las mujeres, y han conso-
lado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la san-
tidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas
decidieron tener las dos cosas, ya que las precursoras de
entre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho
acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les
habían dicho acerca de la inutilidad del poder político.
Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere
al trabajo manual. Durante siglos, los ricos y sus merce-
narios han escrito en elogio del trabajo honrado, han ala-
bado la vida sencilla, han profesado una religión que en-
seña que es mucho más probable que vayan al cielo los
pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer
creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial
nobleza en modificar la situación de la materia en el es-
pacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a
las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su
esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas
acerca de la excelencia del trabajo manual han sido to-
madas en serio, con el resultado de que el trabajador ma-
nual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en
esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero
no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los
trabajadores de choque necesarios para tareas especiales.
El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes,
y es la base de toda enseñanza ética.

En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para
bien. Un país grande, lleno de recursos naturales, espera
el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy
escaso del crédito. En tales circunstancias, el trabajo duro
es necesario, y cabe suponer que reportará una gran re-
compensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto
en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin tra-
bajar largas horas?

En Occidente tenemos varias maneras de tratar este
problema. No aspiramos a la justicia económica; de modo
que una gran proporción del producto total va a parar a
manos de una pequeña minoría de la población, muchos
de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por au-
sencia de todo control centralizado de la producción, fa-
bricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mante-
nemos ocioso un alto porcentaje de la población trabaja-
dora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo
trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos mé-
todos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra:
mandamos a un cierto número de personas a fabricar ex-
plosivos de alta potencia y a otro número determinado a
hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos
de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación
de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con
dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre
medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo
manual.

En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al
control centralizado de la producción, el problema tiene
que resolverse de forma distinta. La solución racional se-
ría, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades
primarias y las comodidades elementales para todos, re-
ducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una
votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia
por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado
la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver cómo
pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que
haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más pro-
bable que encuentren continuamente nuevos proyectos en
nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacri-
ficarse a la productividad futura. Recientemente he leído
acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros ru-
sos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrio-
nales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo
largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero ca-
paz de posponer el bienestar proletario por toda una ge-
neración, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo
sería proclamada en los cam~?os helados y entre las tor-
mentas de nieve del océano Artico. Esto, si sucede, será
el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso
como un fin en sí misma, más que como un medio para
alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no
fuera necesario.

El hecho es que mover materia de un lado a otro, aún-
que en cierta medida es necesario para nuestra existencia,
no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida
humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cual-
quier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido lleva-
dos a conclusiones erradas en esta cuestión por dos cau-
sas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres,
que ha impulsado a los ricos, durante miles de años, a
predicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen
cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra
es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitar-
nos en los cambios asombrosamente inteligentes que po-
demos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de
esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad
trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor
parte de su vida, no es probable que os responda: «Me
agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy
dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hom-
bre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre
puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo
exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor
posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la ma-
ñana y puedo volver a la labor de la que procede mi con-
tento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.

Consideran el trabajo como debe ser considerado, como
un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual
fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus
horas de ocio.

Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es
agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si
solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En
la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es
una condena de nuestra civilización; no hubiese sido
cierto en ningún período anterior. Antes había una ca-
pacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto
ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre
moderno piensa que todo debería hacerse por alguna ra-
zón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas se-
rias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir
al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero
todo el trabajo necesario para construir un cine es res-
petable, porque es trabajo y porque produce beneficios
económicos. La noción de que las actividades deseables
son aquellas que producen beneficio económico lo ha
puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de
carne y el panadero que os provee de pan son merecedores
de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vo-
sotros disfrutáis del alimento que ellos os han suminis-
trado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis
tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En
un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno
y gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos as-
pectos de una misma transacción, esto es absurdo; del
mismo modo podríamos sostener que las llaves son bue-
nas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cual-
quiera que sea el mérito que pueda haber en la producción
de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que
se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra so-
ciedad' trabaja por un beneficio, pero el propósito social
de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.

Este divorcio entre los propósitos individuales y los socia-
les respecto de la producción es lo que hace que a los hom-
bres les resulte tan difícil pensar con claridad en un
mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo
de la industria. Pensamos demasiado en la producción y
demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de
ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a
la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el
placer que da al consumidor.

Cuando propongo que las horas de trabajo sean re-
ducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo res-
tante deba necesariamente malgastarse en puras frivoli-
dades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día
deberían dar derecho a un hombre a los artículos de pri-
mera necesidad y a las comodidades elementales en la
vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para
emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esen-
cial de cualquier sistema social de tal especie el que la
educación vaya más allá del punto que generalmente al-
canza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar
aficiones que capaciten al hombre para usar con inteli-
gencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la
clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las
danzas campesinas han muerto, excepto en remotas re-
giones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que
se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza
humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han lle-
gado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar
partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente.
Ello resulta del hecho de que sus energías activas se con-
sumen completamente en el trabajo; si tuvieran más
tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que
hubieran de tomar parte activa.

En el pasado, había una reducida clase ociosa y una
más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfru--
taba de ventajas que no se fundaban en la justicia social;
esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus sim-
patías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus
privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mé-
rito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a
casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes,
descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó las fi-
losofías y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación
de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde
arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese
salido de la barbarie.

El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obliga-
ciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No
se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase
a ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcio-
nalmente inteligente. Esta clase podía producir un Dar-
win, pero contra él habrían de señalarse decenas de mi-
llares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada
más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los
cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las uni-
versidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo
que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como
un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero
tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en
definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las
personas que viven en un ambiente académico tienden a
desconocer las preocupaciones y los problemas de los
hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus me-
dios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opi-
niones de la influencia que debieran tener sobre el público
en general. Otra desventaja es que en las universidades
los estudios están organizados, y es probable que el hom-
bre al que se le ocurre alguna línea de investigación ori-
ginal se sienta desanimado. Las instituciones académicas,
por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados
de los intereses de la civilización en un mundo donde to-
dos los que quedan fuera de sus muros están demasiado
ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más
de cuatro horas al día, toda persona ¿con curiosidad cien-
tífica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin
morirse de hambre, no importa lo maravillosos que pue-
dan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán
forzados a llamar la atención por medio de sensacionales
chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia
económica que se necesita para las obras monumentales,
y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, ha-
brán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que
en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto
de la economía o de la administración, será capaz de de-
sarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que
suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los
economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo
de aprender acerca de los progresos de la medicina; los
maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por
métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud,
y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el in-
tervalo.

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar
de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exi-
gido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no
para producir agotamiento. Puesto que los hombres no
estarán cansados en su tiempo libre, no querrán sola-
mente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que
al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le
consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés
público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para
ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no
habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas
por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos
excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los
hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad
de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos
inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con
suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte
por la razón que antecede y en parte porque supone un
largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de
todas las cualidades morales, la que más necesita el
mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tran-
quilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha.
I.os métodos de producción modernos nos han dado la
posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos
elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y
la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan acti-
vos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en
esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para se-
guir siendo necios para siempre.

martes, 8 de abril de 2008

Hasta siempre

Varios proyectos personales y de trabajo me demandan una fuerza y energía que se las tendré que quitar a esta bitácora. Uno de esos proyectos es otra poblicación electrónica. Los mantendré informados y muchas gracias todos los que siguieron a SCMS casi a diario y apoyaron esta aventura personal. Estamos en dialogo infinito.

jueves, 6 de marzo de 2008

Silencio

Volver al llano. A mirar, escuchar y reflexionar. Pero sin nada que decir. Como un francotirador que mira, apunta y dispara. Pero esta vez el arma no está cargada. Y lo seguirá estando hasta que el sol aclare. A veces hace bien, muy bien, sentarse en el recodo del camino y mirar pasar el tiempo. Sin otra cosa mejor que querer hacer. Hoy no soy yo, o si, o quizas. Una ciudad, otra, diferente, desierta. Y el mar estaba ahí, negro, al ladito, de noche, sin poder verlo. La luna estaba corriendo entre otros sueños perdidos. Silencio. Sigo sin poder decir nada. O sin querer decir. Vaya uno a saber. Embriagarse de incertidumbre fortalece. Las palabras volverán. Siempre vuelven. Nunca nos abandonan.

jueves, 28 de febrero de 2008

Fuera de servicio

Amigos estare por unos días fuera de la blogósfera. En breve estaré de nuevo publicando. A veces hay que desenchufarse un poco. Saludos y nos leemos pronto.

martes, 22 de enero de 2008

Parada técnica

Un pequeño alto en el camino para recargara energías y volver a publicar. Serán sólo dos diás. O tal vez menos. Nos estamos leyendo.

viernes, 4 de enero de 2008

Vení vota

Ahora en SCSM podes votar las entradas que se van produciendo. El voto, como debe ser ,es universal y secreto pero es muy útil para ir viendo que valoración hacen los usuarios de los contenidos de esta bitácora.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Gracias

No tengo otra palabra que exprese mejor el sentimiento que tuve al leer un comentario de un lector, supongo que recurrente, de esta bitácora. Están enriquecedor, esclarecedor y respetuoso haciéndome una corrección que amerita convertirlo en una entrada, por que además tiene un valor inmenso para los que escribimos a diario. Lástima que se escondió detrás de un seudónimo y se mantuvo en el anonimato, que es legítimo por supuesto, pero que bueno hubiera sido poder ampliar la conversación. Gracias a El Ojo en la paja ajena por tomarte el tiempo que te haya llevado hacer el comentario. Siempre es buena la exigencia y la crítica sobre todo cuando están bien fundamentadas y que por supuesto ya apliqué en la entrada en cuestión y que tendré en cuenta en las próximas.

Aquí la corrección que me hace:

"rodrigo, con todo respeto, pero creo que estas usando mal un verbo, vos escribis, "No será aún todo lo confortable que debiera ser, pero se lee." Ahora bien, es un caso típico de confusion de tiempos de verbos, pero también es una forma muy arbitraria de usar un verbo con sentido potencial cuando ya existe una. Para mi lo debés correguir por debería, y te explico: tú estás hablando de un acontecimiento en pasado y que debería cambiar en el futuro y que al mismo tiempo no ocurre en el presente, es decir que de alguna manera querés expresar un verbo en el pasado del futuro o antefuturo, por decirlo de alguna manera, por lo tanto hay que conjugarlo en condicional asi lo expresás con precisión por que entiendo que querés ver cumplido en el futuro lo que propone tu oración. No es que no se debe escribir debiera, sólo que es otro tiempo de verbo, es pretérito perfecto simple del subjuntivo que es en realidad, una acción no real en el pasado, pero en tu caso si es real que los monitores no son ni fueron confortables en el pasado/presente pero querés que sean en el futuro. Espero que no te moleste esta corrección. Muy bueno el blog de todas maneras. Otro consejo, escribe con menos comas, menos paréntesis, a veces confunde tanta oralidad escrita".

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Impacientes

Varios amigos y colegas me enviaron correos electrónicos preguntando de por que no actualicé SCSM y por qué baje el ritmo de mi publicación, incluso una amiga me escribe (textual) "avisa si necesitas una mano, tengo dos". En realidad fue un sólo día sin actualizar. Que impaciencia y deliciosa exigencia. Bueno gracias a todos los que escribieron consultando, pero simplemente no he tenido nada que decir y cuando no hay nada interesante que decir, mejor no decir nada.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Se equivocó la paloma

Se entregaron los Premios BOBs 2007. Un concurso que en la edición de este año no estuvo ajena a la polémica y la controversia. Y que cerró con una entrega de premios que desató otra discusión por la decepción que dejó la decisión del jurado de premiar a la bitácora "A mis 95 años" escrita por la abuela española María Amelia López.
El mérito que por su edad e iniciativa tiene Doña María Amelia, sin duda amerita un premio, tal vez como bitácora original o en alguna categoría especial. Ahora bien premiarla como la mejor de habla española, sin duda creo que de mínima, es exagerado y con todo mi respeto por el jurado, pero su decisión suena a complaciente, poco rigurosa e imprecisa. Complaciente, por que da la sensación de que se dejó llevar por las preferencias del público que votó tal vez por simpatía hacia el personaje (que es legítimo hacerlo) y no por la bitácora en sí, más allá de que la ayude su nieto o no. Poco rigurosa por que da la sensación de no haber privilegiado las cualidades de la bitácora, sólo la empatía o la singularidad que tiene el personaje. Imprecisa por que no era la categoría para premiarla por más que se entiende de que ya concursaba en la categoría de mejor bitácora escrita en español. Una lástima.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Realismo mágico

Nadie sabe, a esta altura de la historia, como entró Aznar en la oración; lo concreto es que quedan claras las diferencias (abismales) que hay entre las izquierdas de uno y del otro lado de Atlántico. Una democrática hasta y aún en el desaire destemplado e irrespetuoso y la otra que sigue con los fantasmas de siempre, con el autoritarismo a flor de labio y la crónica y recurrente utilización de la demonización como único artilugio dialéctico y con la verbalización de la resignación del resentimiento y sobre todo equivocando, como siempre lo ha hecho, al enemigo, por llamarlo de alguna manera.
Es una de las pocas veces en la historia que la izquierda tiene a nivel internacional un referente que a todas luces entendió como es el diseño del mundo en el que le toca jugar, aún cuando se supone no esta muy de acuerdo con el mismo, que asume la responsabilidad de gobernar un país con un peso e influencia tal, que lo obliga a ponerse al frente de los intereses económicos que pesan en sus política de estado, pero lo ha hecho manteniendo un discurso democrático en lo interno y en lo externo, sin perder el talante ni caer en provocaciones aún en los peores momentos de su gobierno cuando ETA decidió volver a matar. Rodríguez Zapatero puede, o debería ser, un espejo en el cual podríamos tener como referente a futuro en Latinoamérica. Aunque parezca mentira desde la supuesta afinidad ideológica se lo desairó a cuenta de nada y con la idiota y paupérrima visión de siempre: la culpa de todo nuestros males la tienen los otros. Que Rodríguez Zapatero haya tenido que, de alguna manera, defender a Aznar y quienes lo votaron, parece un chiste de muy mal gusto. Aznar estará muy agradecido de que el Presidente venezolano, lo haya vuelto a poner en el medio de los titulares de prensa. Nunca creí, ni creo, en el realismo mágico. Sólo contribuyó a construir una idea de latinamérica condenatoria, terminal y fatídica sin solución, tal vez aún cuando su creador no buscaba dicho efecto. Pero luego de lo currido en la cumbre Iberoamericana, creo que comienzo a sospechar de su existencia.

Enlaces relacionados:
[+] Cumbre iberoamericana: Deslices por doquier
[+] Un millón de visitas
[+] ¿Por qué no te callas?

viernes, 19 de octubre de 2007

Los dos Che

"En mi casa tengo un poster de todos ustedes"
El Che
(pintada aparecida en la década del 80 en Buenos Aires)

Ernesto Che Guevara siempre genera polémica y aún más cuando se intenta sacralizar o asesinar al mito. Una paradoja que termina en lo mismo: edificando una imagen incompleta que hace desaparecer al hombre, al sujeto de la historia y su tiempo. El Che no convoca a términos medios. La sacralización que se hizo de su figura, la épica de su imagen y de su ideario, construyeron un altar dogmático que enturbió, aún más, el alcance más terrenal de sus acciones o ideas que, aún desde la admiración y construcción de una imagen "revolucionaria", lo único que se logró es que se vendieran miles de afiches, remeras y gorritas extirpando, tal vez como un mecanismo de contra defensa aún dentro de las propias filas del socialismo, todo el poder rebelde que podría tener su imagen. Se desvaneció la imagen real en la cristalización y posterior masificación de la mítica foto de Korda.
El Che mandó a una generación entera a crear 1, 2, 3 Vietnam; hagamosnos una pregunta tramposa, ¿era y es este regimen un ejemplo de libertad democrática de valores ciudadanos?, ¿podemos asumir como metodología política la construcción de un ideario democrático en base a la utilización de la guerra como método de imposición de ideales? Aún sin la debida contextualización de los acontecimientos creo que ni Vietnam fue, ni es, un ejemplo de democracia, ni el método es muy adecuado, más allá del lado ideológico en el que uno se pare. ¿Qué diferencia hay entre la guerra en Afganistan para no encontrar a Ben Laden y la guerra por Vietnam para defender y establecer un gobierno socialista si los que mueren y sufren en medio de la balacera son ciudadanos comunes de a pie?

La historia que se construyó del Che está, al menos, inclinada hacia un solo lado. Todos admiramos al Che heroico, el que luchó por sus ideas, el que llamó a levantarse en armas contra el imperio, el de la frase "Hay que endurecerse sin perder jamás la dulzura", el Che épico y el de la imagen bien desinfectada de toda ideología para los medios de comunicación de masas con el sutil toque de romanticismo que nos inspira a fantasear gestas que nunca haremos realidad. El Che en este sentido es tan inofensivo como un vaso de agua. Pero hay otro lado del Che que o hemos ocultado o no nos atravemos a ver o simplemente nos lo han ocultado. Es el Che ministro y funcionario público. Ya no el de las ideas desde el llano donde toda utopía es realizable, sino el del político que debe convertir los ideales de la revolución en temas de estado y una cosa son las ideas mientras se quiere hacer la revolución y otra, muy distinta, cuando esas ideas son parte de un engranaje de gobierno y que detentaba y detenta, digamoslo de una puta buena vez, la suma del poder público.
El Che de las conferencias de prensa (o de "rendición de cuentas ante el pueblo revolucionario" según la liturgia de lugar) esas que ahora fastidian y que nos horrorisamos cuando las convertimos o vemos convertir en noticia, esas que son el anti periodismo donde no existen las repreguntas, donde sólo se habla de lo que el funcionario quiere y tiene ganas, hagamosnos otra pregunta tramposa, ¿iríamos a cubrir una conferencia del Ministro Guevara o hariamos "periodismo ciudadano"?, ¿le haríamos repreguntas al Ministro Guevara?

sábado, 29 de septiembre de 2007

Algunas urgencias explicativas

Hay una sensación recurrente; la de la literatura conectando y explicando con precisión meridiana y sin proponérselo como fin, muchas de las cosas que ocurren en este momento, ya mismo; en la urgencia del contar, del decir y de la conversación se esconden otras ideas que desconocemos. Hay una rara conexión, subjetiva, entre un texto escrito con otros sentidos y rumbos que cobran sentidos particulares con el paso del tiempo. Tal vez sea una forma auto complaciente y muy cómoda de auto explicarse; pero la relación está ahí. Latiendo, esperando tal vez a que alguien la invite a jugar en las aleatorias relaciones que el tiempo teje en su paso infinito.¿Cómo explicar hoy el por qué tener un bitácora y publicar todos los días? Faulkner ya lo explicó antes al referirse a la literatura y la urgencia que la palabra demanda: "Si usted tiene una historia para escribir y su madre se interpone entre usted y la historia, mate a su madre".

martes, 11 de septiembre de 2007

Breve entrada políticamente incorrecta

1- No me gusta Luciano Pavarotti ni la ópera
2- No me gusta ColdPlay y nunca pondré un vídeo de ellos
3- El nuevo precio del IPhone es un robo a los que lo compraron antes
y el bono para devolver la diferencia de precio es un insulto a la buena fe
4- Second Life es horrible, además de aburrido
5- No me gusta Gabriel García Márquez, si, repito,
no me gusta Gabriel García Márquez
6- No importan los adjetivos que se le pongan al periodismo, al diseño o cualquier profesión, me quedo con periodismo y diseño a secas
7- Prefiero decir cocinero antes que cheff
8- Sólo el 1% del 1% del 1% de las bitácoras publica algo interesante
9- Chávez es al socialismo lo que Bush al capitalismo
10- Cualquier religiosidad ya sea tecnológica, profesional, estética, filosófica, literaria, económica y demás, sólo nos hace más ignorantes

domingo, 19 de agosto de 2007

Arde la "blogósfera" brasilera


(Peter Steiner, The New Yorker)

Hasta hace poco tiempo el sexo y la religión hacían levantar la temperatura de las audiencias cuando la publicidad las utilizaba como camino creativo para armar un mensaje comunicacional y si además se apelaba al humor, la censura, en algunos países, estaba (está) asegurada. En estos tiempos la irrupción de los nuevos medios, sobre todo de los digitales, no se quedan atrás a la hora de crear polémica sobre todo cuando se los ridiculiza o se los pone en tela de juicio desde los medios tradicionales. Parece ser que la sensibilidad está a flor de piel en los "bloggers" cuando se trata de cristalizar, una vez más, la diferencia entre medios "nuevos" y "tradicionales" siempre desde estos últimos. Un tema que se está volviendo cada vez más espinoso y donde la inteligencia no acusa recibo y no se hace presente a ambos lados del ring y más que un debate entre dos formas de ver el mundo complementarias y necesarias, se vuelve un griterío, resentido y tilingo, como si se tratara de un matrimonio en decadencia que no dialoga y que no soporta la presencia del otro cónyuge en la casa.
El diario brasileño O Estado de Sao Paulo lanzó una campaña publicitaria en gráfica, con varias piezas, de su edición on line que ridiculiza a los blogs, sus visitantes y a quienes los escriben.




Fue la chispa que incendió la pradera. La blogósfera blasilera está en pie de guerra contra la campaña por que se siente agredida en la generalización poco inteligente y grosera a la que apela la campaña. La reacción tiene un dejo de respuesta corporativa (además de demostrar el poco sentido del humor que tiene la blogósfera): en el aviso de televisión también se ridiculiza (aunque en forma elíptica, sutil y suave) a los lectores de las bitácoras y no hay mucha defensa (de los "bloggers") de quienes dan sentido a todo proceso comunciacional: los lectores / usuarios.


Los estereotipos son falsos, aunque tienen algo de verdad. Las generalizaciones son odiosas e injustas; algo de verdad a veces hay en su formulación. Empecemos por algunos puntos: si, hay "bloggers" que copian y pegan, que roban contenido, no citan, no enlazan y no hacen ni quieren hacer el más mínimo honor a la honestidad intelectual (y muchos de estos "bloggers" son de los considerados "serios" y no es por ponerme paranoico, pero en Argentina abunda este espécimen); si, la red de redes y sus contenidos tiene problemas de credibilidad (que no será eterno, y por suerte viene cambiando la tendencia); si, hay contenidos basura en los medios tradicionales (cada día más) y ni hablar en la red; si, los medios tradicionales también tienen un problema de credibilidad (y muy serio); si, es verdad que la información elaborada y confiable, sigue estando (o debería estar) en algunos periódicos, aunque las tendencias cambian a ritmo veloz; pero también es verdad que se está trabajando muy bien en algunos medios digitales que no pertenecen a grandes grupos de medios y también es verdad que hay bitácoras que elaboran una excelente calidad de contenidos que muchas veces fueron robados (o retocados o manipulados, como está ocurriendo con algunos medios sociales) por los medios tradicionales, incluido algunos periódicos; si, es verdad que muchas veces las bitácoras dan información relevante, en profundidad y con mayor pertinencia que otros medios; si, es verdad que se necesitan los periódicos impresos para mantener cierto equilibrio entre el poder y los ciudadanos, pero también son imprescindibles los medios sociales, las bitácoras y los nuevos medios que están desarrollando y profesionalizando el periodismo ciudadano; si, las audiencias crecen al ritmo de la banda ancha con la nueva re masificación de la red de redes y por lo tanto el acceso a la información y la posibilidad de participar en ella ya es casi un derecho adquirido que, gracias a ésta masificación y evolución, se está creando una inteligencia colectiva como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad y que ningún medio tradicional había ni ha logrado tal grado de masificiación ni de creación de conocimiento social a la fecha.

La idea de exclusión de un medio en el nuevo eco sistema de medios sólo lleva a una reducción peligrosa del espacio ciudadano y democrático cuando se impone la supremacía (hegemonía) de un medio por sobre el otro como única opción. Ni lo digital asegura por sí solo este ámbito de discusión pública ni los medios tradicionales pueden abarcar la demanda de participación de las audiencias. Además la masificación de las tecnologías de la información no está bajo control de los medios tradicionales, por lo tanto resulta una tarea inútil intentar entorpecer este nuevo escenario ciudadano que fue tomado por las audiencias y a las que además, no les interesa devolverlo.

La comunicación se convirtió en un diálogo. En una tertulia en la que pueden participar todos aquellos que así lo deseen. Los medios fiscales, están fiscalizados por las audiencias, las audiencias se fiscalizan así mismas y las empresas e instituciones que quieran participar del diálogo se someten y respetan las reglas del juego o no la pasarán muy bien. El mercadeo viral es fulminante y no deja lugar a errores; no es un juego para las marcas y si no se sabe como jugar, mejor no entrar en él.

+ info en portugés en brainstorm9.com.br

sábado, 18 de agosto de 2007

Días de silencio

Un viaje corto (repentino) al sur patagónico y argentino. Allí donde el viento se detiene a descansar, donde Internet es una rareza y el paisaje se vuelve un festival para los ojos y que por más que el frío corte los huesos con la precisión de un bisturí, uno sigue mirando; allí donde el mundo parece terminarse y las horas acortan el día, uno se desconecta del mundo para no detener el ritual inesperado en la mitad del año. Ahora volvemos al mundanal ruido de la blogósfera.

viernes, 10 de agosto de 2007

Pendejos

Es inevitable hacer la analogía con los años 90 que han transcurrido en la Argentina. Por un lado por el paralelismo de los hechos (la valija de Amira Yoma cuñada del entonces presidente Menem con dinero negro y la de este misterioso Venezolano que traía en en efectivo, en un vuelo rentado por la empresa del estado argentino Enarsa, 800 mil dólares) y por el otro por la ficticia y ensayada edificación de la diferencia con aquellos años que pregona el poder político actual, la supuesta honestidad cubierta de un barniz de inmaculado e "irreprochable calidad" y la declamada "superioridad moral" de este gobierno (plagado de miembros de aquellos hoy denostados años) de doble zurcido. Igual que en los noventa; casi calcados.

Al igual que aquellos años al ciudadano de a pie nos queda la sensación de que somos unos pendejos, de que nos estamos perdiendo una fiesta, de que la miramos por televisión al ritmo de un gran hermano idiotizante pero esta vez bajo la luz del supuesto ¿progresismo?.
Pendejos todos. Por que sólo la sensación de impunidad que debe dar el salir de un país con una maleta repleta de dólares, se cristaliza cuando se piensa o se tiene la convicción (certeza) de que en el país anfitrión, existe el mismo "modus operandi", hay cierta tolerancia con estas sutilizas del poder o por que había complicidad en el hecho. La fiesta es grande y no es para todos. De nuevo los noventa se mezclan en el presente.
Pendejos seríamos al pensar que los ocasionales acompañantes de viaje, funcionarios argentinos, fueron abusados en su buena fe al permitir subir a bordo de una avión a un "empresario", como si se tratara de alguien que perdió el colectivo, un avión o un taxi y pide permiso para subirse por que sino llega tarde a una cita, mientras el herario público financia un vuelo privado para traslado de dinero de dudosa procedencia y más oscuro posible uso. Pendejo el señor de la Aduana que se le ocurre hacer su trabajo (¿para que se pagan los impuestos entonces?)¿O acaso tenía el dato y la cobertura política para hacer lo que debía hacer sin esta?. Pendejos todos y triste solitario y final

domingo, 5 de agosto de 2007

Esa maldita costumbre
del copiar y pegar y no contrastar

Increíble. La viralidad si no nos mata nos cambia de identidad. Yo te avise y vos no me escuchaste. Esa maldita costumbre del control c y control v de las notas de prensa que tanto se critica en los medios tradicionales, se repite en los "no tradicionales" con la misma disciplina (los chicos son tan obedientes), falta de rigor y sin agregarle el más mínimo aporte, idea o dato y que en este caso hubiera corregido un error involuntario.

Alguien publica en un site que Paula Ripoll irá a un evento de diseño, pero se equivoca y publica Laura y adiós, el error se propaga sin que nadie lo detenga. Fulminante. Y así Laura (que es Paula) entró al cyberespacio sin existir pero habló en el evento como Paula. Letras muy próximas en el teclado de una computadora, pero tan distantes en la realidad. El lenguaje es un virus que a veces es letal.



Aquí una lista acotada de la viralidad fulminante del copiar y pegar. Cuidado, hoy ya no pudes ser tu y yo ya no soy yo. Algunos enlaces sorprenden.

+ F3mundial.com (sitio oficial del evento, en el inicio esta el error, en el interior, no)
+ weblogs.clarin.com
+ territoriodigital.com
+ atedinamico.com
+ wolko1.blogspot.com
+ nodiseno.com.ar

viernes, 1 de junio de 2007

Aclaración sobre Corel Life y SCSM

En una lista del concurso Corel Life Blog, aparece esta bitácora como concursando en la categoría periodismo. Lo increíble del caso es que no me inscribí a ese concurso, si bien he divulgado la existencia del mismo. Tal vez la vejez ya se hizo presente en mi y no recuerde que lo hice ya que me entero de esto al recibir un correo electrónico de los organizadores donde dan las listas de los concursantes y al leer quienes estaban inscriptos aparece el nombre de SCSM. No tengo nada contra Corel Life Blog, pero no estoy en concurso, de hecho he llamado a votado por otra bitácora argentina. Los organizadores ya fueron informados por mi para que eliminen a SCSM de esa lista igual creo que exigen poner en el "blog" un botón para la votación y no he cumplido con eso.

sábado, 26 de mayo de 2007

El voto no es secreto

No hay ningún interés particular oscuro e inconfesable. No hay ninguna componenda de dame tu voto y yo te doy el mío (de hecho esta bitácora no concursa). Sólo fue el simple deseo de que gane una de las mejores bitácoras de la red Bestiaria y así que, cual militante disciplinado, fui y voté por ella en el concurso de Corel Life.

Entrada deatcada;
Las 25 amigas que tuvimos todas las mujeres

miércoles, 16 de mayo de 2007