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domingo, 9 de octubre de 2011

La muerte y la admiración

La muerte es jodida. O al menos algunas muertes que se construyen. Entre otras cosas tienen un poder transformador en las palabras que los otros desparraman con generosidad y que jamás, al menos no hay evidencia de lo contrario, podremos leer o escuchar. La muerte nos convierte en algo que tal vez nunca fuimos, o peor aún, en lo que no quisimos ser y de lo cual ya no podemos defendernos de ese mameluco que nos pusieron de impronta. La muerte nos santifica, no sólo nos mitifica. O al menos en algunos casos. La muerte es una gran postal terminal de esa imagen que se edifica póstuma y con ansias de inmortalidad congelada de un pasado proyectado al futuro. Si, la muerte es jodida por que no todos los muertos son iguales. No todos los idolos o los iconos son iguales. No todos los héroes, anónimos o populares, son iguales. Y esta bien, no todos tenemos por que ser iguales por más que la muerte sea una gran igualadora donde no hay primera o segunda clase, ni pase de ascenso o membresía de la nada. Es obvio decirlo, siempre admire a Steve Jobs. Si usted se toma el trabajo de buscar en esta bitácora encontrará varias entradas sobre él. Igual las muertes mediatizadas siempre me aburrieron en su previsibilidad. Nunca me interesó sumarme a esa necrofilia socializada donde todo pierde matiz, donde la hipérbole domina esas construcciones de sentidos. O de sin sentidos. Tampoco celebré o celebro la muerte de nadie. Ni la de un gran hijo de mil puta (perdone usted mi francés) llamado Pinochet o la que tendrá cualquier dictador que ande por ahí.

Igual y con todo lo dicho, la partida de Steve Jobs me llevó a escribir estas palabras.
Hoy todo lo que se hable de él pierde perspectiva matizada y sepulta lo concreto y nutritivo que tiene la vida de un personaje singular por más que la muerte humanice al mito que se construye. La muerte es testaruda, además. Y a veces esas construcciones saben más a segunda muerte que a primera mitología. Paradojas de la vida que se cuenta después de la muerte. Palabras siempre engoladas por más que sean de molde, palabras siempre empalagosas, muchas veces falsas casi siempre olvidables.

Entre, al igual que millones de personas, al mundo de las computadoras comprándome mi primera Mac usada. La gloriosa SI. Creo que sigue siendo la Mac más cara del mundo y que compré en mi vida. Hay ladrones en todas las ocasiones. Entre al mundo de la autoedición y nunca más salí de el mundo Mac, ni quiero, ni me interesa. No he usado nunca otra computadora que no sea Mac en mi vida. ¿Fanatismo? Tal vez, lo real, y creo que al igual que muchos usuarios de Apple, es que jamás tome un curso de nada, sólo fue prenderla y empezar a usarla, con la intuición como único manual. No se necesitaba ni se necesita nada más. Es casi como la vida misma, uno aprende caminando a caminar. Además para alguien con poca paciencia por lo académico como quién esto escribe y que prefiere el invisible aprendizaje autodidacta, las Mac fueron y son perfectas. En aquella SI mi hijo mayor a los dos años, hoy tiene 16, un día agarró el mouse y en el Photoshop que estaba abierto hizo un garabato. Como si supiera cuando aún apenas balbuscaba unos sonidos con pretensiones de ser palabras. Aún creo que guardo ese dibujo en un archivo ya de museo en un disco rígido.

Pero mi admiración por Steve Jobs no es tanto por los productos que inventó con su equipo. Apple, al igual que cualquier empresa o institución, es lo que es por sus recursos humanos, si en ellas trabaja gente creativa, será una empresa creativa y si trabaja gente ineficiente, será ineficiente. Decía que mi admiración por Steve Jobs es por ese empecinamiento, ese caerse y levantarse, por esa constante búsqueda de una idea, de un concepto sin detenerse a pensar en los riesgos. O al menos es lo que me transmitía él o es la imagen autoconstruí de él. Tal vez la más comoda, tal vez la más ingenua o el ícono más estereotipado. Puede ser, no lo se, y poco me interesa saberlo. La innovación que Steve Jobs logró con Apple es hija de una sucesiva cadena de fracasos, de intentos fallidos y de ir una y otra vez hacia adelante y asumidos como parte del camino y aprendizaje. No como los determinantes del camino. Y esta es el mayor aporte nutritivo que puedo sacar de su leyenda. Tal vez si yo fuera un corredor de bolsa con seguridad quebraría con frecuencia por que mi aversión al riesgo es baja o eso pienso, lo cual siempre es muy adormecedor y tranquilizador. Pienso que el riesgo está en función de las circunstancias y de los objetivos, no es, o debería ser, nunca una barrera de imposibilidad preexistente. si hubiera evaluado los riesgo de comprar a un precio de robo a mano armada con premeditación y alevosía mi primera Mac SI usada, hoy tal vez estaría usando otra computadora y me hubiera dedicado vaya uno a saber en que menesteres y con seguridad usted no estaría leyendo este soporífero texto.

Steve Jobs no cambió el mundo en aquello que realmente hay que cambiarlo, sigue habiendo hambre, miseria, dictaduras, monopolios, fraudes, injusticias, violaciones a los derechos humanos de todo tipo y color, discriminación, y sigue la lista. Nada de todo esto cambió con la invención de la Mac, el iPhone o el iPad. Tal vez sería pedirle demasiado a esos productos y a su inventor por que en realidad es una tarea de todos, no de uno solo. Pero lo que si Steve Jobs cambió, y para siempre, es la forma en que usamos las computadoras y nos comunicamos pero no sólo él, sino que sin Apple, estoy convencido de que tal vez no hubieran existido Google, Facebook, Skype, Twitter y miles de otras empresa que innovaron y modificaron el mapa de la comunicación para siempre. América, de sur a norte, sobre todo de México a Argentina, necesita miles y miles de Steve Jobs, tal vez los tengamos, tal vez haya que ir a buscarlos o descubrirlos o construirlos.

Otra voces:
• El día en que Steve Jobs ha muerto | otramerica.com
• The Dark Side of Steve Jobs's Dream | ecocentric.blogs.time.com

domingo, 1 de mayo de 2011

El talento mueve y cambia al mundo

Los niños son imprevisibles sobre todo cuando les gusta preguntar. Mi hijo Lorenzo (tengo tres hjos) hoy tiene doce años. Y siempre fue preguntón. Una de las más insólitas y poéticas que me hizo fue: Pa', antes de nacer, ¿yo era viento? Y sólo tenía cuatro años. En otras ocasiones más que preguntas eran o son disparos a quemaropa. Una vez con apenas seis años me hizo una que me fulminó. Fue un cross de derecha de Ringo Bonavena. "Pa', ¿que harías si de repente te quedás sin moverte y sólo podés mover los ojos, seguirías haciendo lo que más te gusta?
No supe que contestar o habrá sido una respuesta de compromiso y sin sentido por que no recuerdo que le respondí para eludir o apurar los segundo eternos que hay entre la pregunta y el final de lo que uno balbucea como respuesta. Nunca me pregunté de donde había sacado esa tremenda inquietud ni tampoco me dio curiosidad indagar sobre si existía la posibilidad de quedar tan inmóvil aunque con sólo conocer más sobre la enfermedad que tiene Stephen Hawking tal vez me hubiera ahorrado una respuesta ridícula.

Hace unos días, buscando vídeos sobre un tema que me interesaba, encontré éste vídeo en TED y me impresionó y emocionó. Es una lección de vida sobre el artista americano del graffiti Tempt que de pronto se quedó inmóvil por la enfermedad llamada ELA y sólo puede mover sus ojos (como me preguntaba mi hijo) y ya no puede hacer lo que más le gusta, pero gracias a que Mick Ebeling se asocia con gente de talento, logran crear un dispositivo que le permitió a Tempt volver a hacer lo que más le gusta y que es pintar graffitis. Donde hay talento, se usa y se pone en marcha, el mundo cambia. Y para que cambie aún más, tal vez sólo tenemos que empezar a hacernos algunas preguntas que suenan, en apariencia, difíciles o imposibles de responder.